La Nación: Mis elefantes blancos
07/10/2026
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La Argentina no queda en Asia, pero está llena de elefantes blancos. Y no hablo de fauna, sino de obras pensadas para cambiar un barrio, una ciudad o un país entero y que fueron detenidas en algún punto del camino. Hospitales, rutas, represas, aeropuertos, parques de diversiones, edificios. Proyectos concebidos para un futuro promisorio que quedaron congelados. Entre ellos hubo uno tan emblemático que llegó al cine: el gigantesco hospital inconcluso de Villa Lugano que inspiró Elefante Blanco, de Pablo Trapero, película estrenada en 2012.Desde mucho antes, yo ya estaba familiarizado con el término, metáfora universal de algo costoso de mantener y que no genera utilidad. De hecho, durante mi adolescencia estudié dentro de uno de estos especímenes.El edificio que hoy ocupa el Hospital Central de San Isidro era, por aquellos años, literalmente una obra en construcción. Y era tan grande que le sobraba espacio para albergar al Colegio Nacional de Martínez antes de que tuviera su propia sede. Frente a una demanda desbordada que los colegios de la zona no podían cubrir y por la presión de los padres, a las autoridades nacionales se les ocurrió entonces habilitar para ese fin una parte de la mole abandonada durante años sobre la avenida Santa Fe.Las aulas habían sido improvisadas con tabiques de madera y predominaban las estructuras sin revoque y el color gris del concreto. Como las ventanas no tenían vidrios ni había estufas, en invierno llevábamos los guantes puestos, bufanda y los pantalones del equipo de gimnasia por debajo de los del uniforme. Riguroso blazer azul, corbata al tono, camisa celeste y pantalón gris. Para nosotros era el “cole” o el “Nacio”; para los vecinos, simplemente el Elefante Blanco. Símbolo perfecto de la Argentina con destino de grandeza de la que nos hablaban los profesores y que, por variados y discutidos motivos, había quedado trunco.El proyecto había comenzado a construirse a fines de los años cincuenta como un gran centro sanitario regional. Las obras se interrumpieron, volvieron a arrancar, volvieron a frenarse. Fueron décadas de promesas, presupuestos millonarios, crisis económicas y anuncios. Finalmente, empezó a funcionar en 2003.Pero mi propio elefante blanco no estaba solo. En el paisaje de mi juventud, había dos. El otro quedaba sobre avenida Maipú y era la torre fantasmal de 21 pisos que se elevó durante décadas junto a la estación de tren Bartolomé Mitre. Una estructura extraña en medio de las casas bajas de Olivos, que parecía eternamente suspendida en una transformación incompleta. Su historia ilustra otro de los rasgos de la cultura nacional: la improvisación. Una vez completada la altura, alguien se dio cuenta de que, ubicada a solo cien metros de la quinta presidencial, era un riesgo para la seguridad de la máxima autoridad del país si a algún francotirador se le ocurría visitar las instalaciones. Corría 1975 y ese temor no era para nada descabellado. Durante años la torre quedó inmóvil, observando el tránsito y el nacimiento del Tren de la Costa, otro emprendimiento alcanzado por el abandono. Más tarde comenzaron a quitarle pisos para llegar finalmente a la demolición y posterior construcción del edificio en el que hoy funciona una dependencia del municipio de Vicente López.Quizás por eso los elefantes blancos nos resultan tan autóctonos, porque no hablan solamente de cemento.El hospital de San Isidro finalmente logró transformarse en aquello para lo que había sido concebido; la torre de Maipú terminó convertida en un edificio público de baja estatura. Tuvieron destinos diferentes a partir de un origen común: sueños demasiado ambiciosos a la espera de que la realidad los alcance, acaso parecidos a los que teníamos en las aulas polvorientas del Nacional de Martínez.
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